miércoles, 19 de mayo de 2010

Crítica: El viejo que leía novelas de amor

Critica: Un viejo que leía novelas de amor
LUIS SEPÚLVEDA. UN ESCRITOR DE FIN DE SIGLO.
Juan Gabriel Araya G.
Universidad del Bío-Bío

La narrativa del chileno Luis Sepúlveda (Ovalle,1949) adquiere cada día más importancia en el mundo literario actual, tanto de Europa como de América. La calidad de su obra, su actitud excéntrica, su temática novedosa, singular y el carácter polémico (por ejemplo su discusión con otros escritores acerca del carácter nacional de las literaturas) de su autor acrecienta un mayor interés en el público lector.
Como gran contador de historias, al modo de Salgari, de Julio Verne o de Coloane, Sepúlveda se basa para constituir el tejido de ellas en "el ver", en la opsis; por lo tanto, la realidad de su observación, de carácter antropológico, cultural y político es cardinal en el desarrollo de los relatos. Dichos relatos se encuadran en las normas de la novela, otras en la de la crónica, pudiéndose establecer, de acuerdo con esto, una diferenciación de su escritura. Sin embargo, ambas están unidas por el carácter ético que asume su autor ante el mundo.
Siendo Sepúlveda un destacado escritor del post-boom de la literatura hispanoamericana, se separa del realismo mágico de corte garcíamarqueano, al eliminar su exotismo y tropicalismo e incorporar la magia como un componente más de nuestra forma de ser y de nuestra sociedad. De este modo, caracteriza a su narrativa, utilizando una nueva fórmula expresada en la frase "magia de la realidad". Entre los miembros de su generación, quizás debiéramos mencionar a Osvaldo Soriano, Paco Ignacio Taibo, Ramón Díaz Eterovic, Mempo Giardinelli, Leonardo Padura Fuentes, Hernán Rivera Letelier y otros.
Esta "magia de la realidad" indica personas reales y escenarios verídicos que son transcritos a hombres, quienes, respetando sus leyes, se identifican con la naturaleza, y no a aquellos que tratan de alterarla o destruirla cuál fue la actitud general de los protagonistas de las antiguas novelas regionalistas que luchaban contra ella, procurando domesticarla y avasallarla.
Sepúlveda plantea nuevas estructuras, interesantes perspectivas y puntos de vista en relación con la dicotomía hombre-paisaje; conservación de la especie vegetal versus exterminio irresponsable; civilización "bárbara" y barbarie "civilizada; marginalidad del sujeto protagónico y periférico e itinerancia del mismo.
Interesa puntualizar que los campos dicotómicos en el relato no se encuentran distribuidos como letreros de combate a la antigua usanza del realismo social ni tampoco al modo de la moraleja naturalista. Antes bien, éstos corresponden a realidades desprendidas de un contexto narrativo y geográfico, que en su transcripción escritural, permite apreciar sus propias contradicciones.
Por lo tanto, resulta interesante examinar el código moral en que se desenvuelven sus relatos, establecer sus aportes literarios de fin de siglo: ecológicos, geográficos, políticos, policiales y su nueva forma de plasmar la visión del mundo que nace desde el interior de su experiencia vital, sin recurrir ni al criollismo o regionalismo ni a los viejos esquemas narrativos tradicionales.
Creemos que la narrativa de Sepúlveda, -incluyendo en ella novelas, cuentos y relatos,- por la ineditez del tratamiento de sus temas y por la audacia de sus planteamientos, es una de las escrituras del continente más calificadas de fines de siglo XX.
Sepúlveda es un autor que ha incursionado en variados géneros. Sus cuatro libros iniciales fueron Un viejo que leía novelas de amor (1993) (1), Mundo del fin del mundo (1994), Nombre de torero (1994) y Patagonia Express (1995). A estos hay que agregar un novela para niños Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996) y otro de cuentos, titulado Desencuentros (1997). Todos estos han sido editados por Tusquets Editores, Barcelona.
De las cuatro obras anteriores, dos de ellas, en el sentido clásico, son novelas propiamente tales: El viejo que leía novelas de amor y Nombre de Torero; Mundo de fin de mundo y Patagonia Express son relatos de viaje articulados por la figura del autor-protagonista, quien recrea espacios y aventuras iniciáticas ocurridas en los confines australes de Chile y Argentina, amén de historias ocurridas en Ecuador.
Pese a que el nombre de Sepúlveda figura escasamente en los estudios realizados sobre la última novela chilena, su nombre hay que situarlo en la nueva narrativa chilena que empieza a ser conocida, en el país, alrededor del año 8O. O bien, en términos del crítico Rodrigo Cánovas en la novela de la orfandad (2).
Pues bien, la primera novela corta de Sepúlveda, presenta una acción única que transcurre en un escenario ajeno a la realidad chilena: la selva amazónica ecuatoriana. La novedad que nos plantea el argumento, en relación con la producción narrativa chilena de los últimos años, estriba en la propuesta ecologista y neorromántica de su autor. A ella nos referiremos.
Sepúlveda dedica su novela a dos amigos: a Miguel Tzenke, dirigente indígena y a Chico Mendes, mártir del movimiento ecologista de Brasil. Esta dedicatoria nos señala indicialmente que la novela se constituirá en una denuncia de la destrucción cruel y ciega que hace el hombre blanco de la selva amazónica. Al hacer esta denuncia, Sepúlveda invierte los términos clásicos de civilización y barbarie, sustentados por el racismo y el liberalismo decimonónico, pues ahora, los supuestos portadores de la civilización: autoridades y expedicionarios de la selva son los "bárbaros" depredadores; en cambio, los aborígenes, representan la sabiduría de la selva, la defensa de su medio ambiente y la lucha por mantener su propio código de sobrevivencia.
El tema ecológico, según Jameson, es uno de los nuevos temas que ha puesto en la mesa de la discusión la denominada posmodernidad de fines de siglo. El escritor Luis Sepúlveda, adquiriendo un nuevo compromiso con la naturaleza, logra darnos a conocer un mundo en que el hombre por su ignorancia y ambición desmesurada, no llega a comprender la pureza que se esconde tras la apariencia de aquellos "salvajes" que defienden su hábitat, y al hacerlo, el de toda la humanidad.
En relación con la materia anterior, consideramos fundamental destacar que en la novela de Sepúlveda entra en juego la imagen del caribe/caníbal/Calibán, que a partir de Colón, el hombre occidental ha construido para situar al habitante de América india, morena o mestiza al margen de la civilización, considerándolo, en la medida en que no favorece sus intereses, un enemigo y explotado permanente. Fernández Retamar analiza esta situación y concluye expresando que la condición de Calibán, a la cual hemos sido empujados, es necesario reivindicarla positivamente, incluso, a falta de otro, la propone como "símbolo".
El cubano al insistir en su idea afirma, apoyándose en Martí y otros pensadores, que "nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán". Y agrega "No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad cultural. De Túpac Amaru en adelante, pasando por todos los próceres independentistas, escritores y pensadores "¿qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la cultura de Calibán?" (3)
De acuerdo con dicho planteamiento, la cultura de la selva en la novela es representada simbólicamente por Antonio Bolívar Proaño, quien al instalarse a vivir -después de un largo viaje- en el amazónico lugar conocido con el nombre de "El Idilio" se margina de la cultura oficial. Al apropiarse e internalizar en su persona los valores de los indios shuar, construye una vida diferente y se despoja de la que llevaba en su antigua residencia: el pueblo de San Luis.
La imagen negativa de los indígenas shuars, mal llamado jíbaros, impuesta por los conquistadores, en cierto modo corresponde a la de los caribes o canibes de Colón, de tal modo que quien realice su aprendizaje de sus leyes y códigos, como lo hace el "viejo", pasa a situarse en su campo axiológico y en sus formas de vida.
Por otra parte, el alcalde de "El Idilio" y los gringos bien provistos de armas para cazar y atemorizar a los indios representan, paradojalmente la "civilización" blanca. Una "civilización" que no sólo desconoce los secretos de la selva, sino que además altera su equilibrio y lesiona gravemente a sus habitantes.
El alcalde desprecia profundamente a los jíbaros y a los indios shuar. El desprecio hacia ellos está basado en la consideración de que estos son unos personajes incivilizados. No obstante, los hechos expresan lo contrario, es el alcalde quien por sus acciones violentas e inescrupulosas se hace merecedor del calificativo de "salvaje". Este personaje es enfrentado y comparado continuamente con el protagonista Antonio José Bolívar, quien representa, para los habitantes de "EL Idilio", la sabiduría y el conocimiento de la zona.
Es fundamental en la novela, asimismo, comprender en sus justos términos, el papel de novedoso y curioso lector que practica el viejo con devoción, pues a través de esta operación de lectura de novelas de amor, podemos entender su capacidad de lector de otras texturas, al tiempo que relacionar su preferencia por los sentimiento puros y totalizadores que le provocan aquellas personas que aman de verdad. Es decir, vista su actitud, creemos encontrarnos con un particular neorromanticismo, el cual es puesto en funcionamiento por un hombre que vive en forma primitiva, pero que sabe apretar "los libros junto al pecho".
La novela se articula alrededor del eje temático constituido por la muerte de un rubio e inescrupuloso cazador, a consecuencia de un zarpazo que le ocasiona un tigrillo adulto. A partir de ese núcleo, la acción de la novela comienza a desarrollarse en torno a la perspicacia del viejo Bolívar Proaño y a la ignorancia sobre el medio que demuestra tener la autoridad central. La superioridad del viejo se basa en el aprendizaje adquirido en la selva y en su capacidad para interpretar cabalmente sus signos y medir, al mismo tiempo, las consecuencias que estos producirán en el medio en el cual se insertan.
La novela desde su inicio nos presenta a su protagonista como un hombre nuevo, pues ha sido capaz de asimilar en buenos términos el aprendizaje que le han otorgado la selva y los shuars, participando de ritos y manifestaciones de la cultura de Calibán. Su esposa Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo ha muerto en "El Idilio", y aquel con el propósito de suplir su carencia de amor, dirige sus esfuerzos hacia la conquista afectiva de la naturaleza vegetal. En este accionar, finalmente después de múltiples obstáculos, resistencias y adaptaciones logra dicha conquista. Su vida transformada, en la misma medida en que reniega de su supuesto pasado civilizado, adquiere un nuevo sentido. Es en este punto cuando al viejo le nace la necesidad de leer en las páginas de los libros que le consigue su amigo, el dentista Rubicundo Loachamín, amores desdichados con un final feliz.
Al respecto, consideramos que una clave importante del sentido final del libro está dada por la condición de lector del viejo que lee novelas de amor. Al aceptar la idea de que uno de los polos de la lectura está dado por un acercamiento eminentemente subjetivo, en la que el lector utiliza la obra como trampolín para dejar que vuele su imaginación, Bolívar sería uno de esos lectores, pues, él recrea y explica a su manera las escenas de amor y se siente realizado con ellas. (4)
En efecto, Antonio Bolívar, incipiente y tardío lector, sólo lee aquellos libros que contienen "amor por todas partes", a fin de llenar los pozos de su memoria con la dicha y los tormentos de amores prolongados. Esta actitud de lector del viejo, pensamos nosotros, es precisamente una de las razones que permiten entender, además de otras, el descubrimiento que hace del "amor" animal de la tigrilla por su macho muerto por el "gringo" y prever el daño que, en venganza, ocasionará la hembra entre los hombres, cuyas autoridades son incapaces de hacer una correcta lectura del comportamiento de los dueños ancestrales de la selva.
En oposición a la ignorancia que ejemplifica el Alcalde, apodado "la Babosa", el viejo conoce los secretos de la naturaleza, en forma proporcional a su capacidad para dimensionar el amor mezclado en forma bella al sufrimiento. Pero, además, porque el amor de las novelas lo hace olvidarse de la barbarie humana, pues en ellas encuentra el amor de gentes que se aman de veras. Leamos el párrafo final de la novela:
"Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de maldecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de su amazonía, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idilio, de su choza, y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana."
Precisamente como consecuencia del amor en su doble dimensión: natural y literaria, Bolívar Proaño es capaz de establecer una relación muy particular entre su persona de cazador obligado por las circunstancias y la tigrilla, haciendo de ambos, animal y hombre, seres de la naturaleza capaces de comunicarse y entenderse, aunque entre ellos exista la muerte de por medio.
Como producto de la educación shuar, en especial la de los sentidos, Bolívar Proaño en su enfrentamiento con el animal trasciende el orden establecido para ofrecer un problema de orden moral, que lo determina a aceptar el duelo como si se tratase de dos adversarios que se conocen y se respetan. El viejo sabe que la tigrilla está en su derecho al defenderse de los hombres, pues estos han muerto a sus cachorros y han dejado agónico a su pareja. Por lo tanto, respeta las reglas del duelo, haciéndose cargo en forma personal de la persecución de la fiera, la cual, a su vez, es también su inteligente perseguidora.
Viene al caso recordar un duelo similar entre hombre y animal descrito magistralmente en la novela El viejo y el mar de Hemingway (5), en cual un viejo pescador lucha denodadamente, por derrotar a su presa, estableciéndose entre ellos una extraña amistad. García Márquez (6) ha señalado a propósito de este episodio que la victoria no estaba destinada al más fuerte, sino al más sabio, con una sabiduría aprendida de la experiencia... en una contienda que era más de inteligencia que de fortaleza. Tales afirmaciones calzan perfectamente en el caso de Bolívar Proaño. Sin embargo, la diferencia entre ambos relatos se halla en que el viejo de Sepúlveda no mata al animal por un placer individualista, sino más bien para demostrar la superioridad cultural que tiene sobre los "civilizados", los cuales son incapaces de comprender el dolor de una bestia enloquecida por el daño causado a los "suyos".
El concepto de muerte digna, Bolívar Proaño lo había aprendido entre los indios shuar: al adversario debía dársele la oportunidad de defenderse, en caso contrario, el espíritu del agraviado no descansaría y su espíritu rondaría para siempre en la selva. Tal cual había ocurrido con el asesinato de su compadre Nushiño, a cuyo asesino "el viejo", desconocedor de las leyes por aquel entonces, lo había muerto sin mayores preámbulos ni consideraciones.
En el fondo de su pensamiento, el viejo creía que existía un acto de justicia en todas las muertes causadas por la tigrilla, después de todo el gringo le había asesinado las crías, y la hembra no hacía otra cosa que vengarse de los hombres. Recordemos que Antonio Bolívar Proaño se acercó al animal muerto y se estremeció al verla desangrarse, y sin dejar de maldecir al gringo que inició la historia regresó a "El Idilio" y a sus novelas de amor.
En suma, creemos que la novela de Sepúlveda, en cuestión, está escrita desde la "cultura de Calibán", pues hay en ella un nuevo tratamiento de la naturaleza en la que se valoriza a sus habitantes y a todos los seres que la componen. Quizás sea el reverso de la visión que ofrece una de las novelas ejemplares de América: La vorágine de José Eustasio Rivera, en la cual la selva es una "cárcel verde", "catedral de pesadumbres" y un "cementerio enorme". Allí el protagonista, inadaptado e inestable, es devorado por la selva (7). Distinta también es su perspectiva de la benévola y patriarcal mirada de Horacio Quiroga puesta sobre Misiones en Cuentos de la selva (8), aquellos amables relatos dirigidos a los niños.
En la novela de Sepúlveda, el protagonista es alimentado espiritual y físicamente por la misma selva amazónica y no es devorado. Por consiguiente, existe, en el interior del relato, una nueva forma de conectarse, de relacionarse con ella y con los que la habitan. El amor, el sentido de lo otro y la convivencia cordial son las virtudes que debieran defenderse y establecerse definitivamente en la conciencia de los hombres. La acertada interpretación de sus variados signos indicará el camino que conducirá hacia la verdadera comunicación entre todos los seres.
Los términos de civilización versus barbarie se han invertido, ahora los "salvajes" son los blancos y los comportamientos adecuados a la moral y al respeto, tanto de hombres como de los seres vegetales, corresponden a los indígenas de la otra cultura: la mestiza, la de Calibán, la de aquellos que la representan y hacen suya.
Notas
1. Un viejo que leía novelas de amor fue publicada en Barcelona por Tusquets Editores en febrero de 1993. Llevando a la fecha múltiples ediciones. Las citas de este trabajo pertenece a la 11º edición de enero de 1994.
2. Ver artículo "La novela de la orfandad" de Rodrigo Cánovas en Nueva narrativa chilena. Edición de Carlos Olivárez, Santiago, LOM, 1997. También destacamos de dicha edición el trabajo del novelista chileno Ramón Díaz Eterovic, titulado "Nueva narrativa chilena: un futuro con las huellas del pasado".
3. Los planteamientos respectivos se hallan en la obra de Roberto Fernández Retamar Calibán Apuntes sobre la cultura de Nuestra América, México: Diógenes, 1971. En dicha obra el autor afirma que Calibán es el ser mestizo americano.
4. Sobre la definición de "lectura" consultar Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria de Angelo Marchese y Joaquín Forradellas, Barcelona: Ariel, 1991, p.228. Además del primer polo que se ha señalado, los autores le asignan un segundo polo que considera la obra en sí misma, como una obra cerrada que ha de ser descifrada en su sentido "propio" y - si se quiere- único.
5. Ernest Hemingway, El viejo y el mar, Barcelona: Planeta, 1980.
6. Gabriel García Márquez "Un hombre ha muerto de muerte natural". Revista Cambio, julio de 1999.
7. Ver La vorágine de José Eustasio Rivera, Santiago: Andrés Bello, 1987, pp. 90-91, 240.
8. Ver Cuentos de la selva de Horacio Quiroga, Buenos Aires: Editorial Losada, 7ª edición, 1963

1 comentario:

Pedro Garcia Millan dijo...

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Gracias